La escena parece sacada de una película rara de ciencia ficción. Investigadores en Australia están usando rayos X y láseres sobre vértebras de tiburón para averiguar su edad y reconstruir qué aguas han atravesado durante su vida. La clave es importante. No se trata de disparar contra animales vivos, sino de analizar muestras recogidas tras muertes naturales o capturas accidentales en redes.
La conclusión es más seria de lo que parece. El método clásico de contar bandas claras y oscuras en las vértebras, como si fueran los anillos de un árbol, puede fallar en el tiburón lanza de nariz roma (Glyphis glyphis). Y si se calcula mal la edad de una especie rara, también se puede calcular mal cómo protegerla. No es poca cosa.
Un tiburón difícil de encontrar
El tiburón lanza de nariz roma no es el típico tiburón que imaginamos en mar abierto. Vive en ríos, estuarios y aguas costeras turbias del norte de Australia y de Papúa Nueva Guinea. Puede medir alrededor de 260 centímetros, pero se sabe poco de su biología y de su edad real.
Las cifras tampoco son fáciles de cerrar. La Universidad de Melbourne señala que podrían quedar menos de 2.500 individuos maduros, mientras que una ficha australiana reciente habla de menos de 10.000 y lo describe como una especie muy rara. En ambos casos, el mensaje es claro. No sobra margen para equivocarse.
Así lee el láser una vértebra
Hasta ahora, muchos biólogos estimaban la edad de los tiburones observando finas secciones de vértebras bajo luz. La idea era sencilla. Cada pareja de bandas claras y oscuras equivalía, en teoría, a un año de crecimiento.
El nuevo trabajo combina dos técnicas. Una usa rayos X microscópicos y otra emplea ablación láser acoplada a espectrometría de masas, conocida como LA-MC-ICP-MS. Dicho de forma simple, el láser retira una cantidad diminuta de material de la vértebra y esa muestra se analiza para conocer su composición química.
Ahí entra el estroncio, un elemento que queda incorporado al tejido mientras el tiburón crece. Su presencia cambia según el agua donde vive el animal. Es como una matrícula química del río, del estuario o de la influencia marina.
El error de contar bandas
Lo llamativo es que esas huellas químicas no siempre coinciden con las bandas visibles que se usaban para estimar la edad. Según el estudio, las variaciones de estroncio pudieron relacionarse con estaciones húmedas y secas, lo que da una referencia temporal más sólida para esta especie.
Save Our Seas Foundation explica que, de media, el método con rayos X situó la edad de los tiburones 1,3 años por debajo de la estimada con la técnica óptica tradicional. Puede parecer poco. Pero en una especie escasa, con poca información y bajo presión, un error así puede cambiar la lectura de toda una población.
¿Qué significa esto en la práctica? Que un tiburón puede parecer más viejo de lo que realmente es. Y si los gestores creen que una población crece o madura de una forma que no es cierta, las medidas de protección pueden quedarse cortas.
Por qué importa para protegerlo
La edad no es un dato decorativo. Sirve para saber cuánto tarda una especie en crecer, cuándo puede reproducirse y cuánto tiempo necesita una población para recuperarse. En conservación, ese número es casi como mirar el reloj de la naturaleza.
El problema es que este tiburón vive en zonas sensibles. Las fuentes oficiales citan la captura accidental en pesquerías, la pesca ilegal o recreativa y la degradación de ríos y estuarios como amenazas relevantes. Además, su distribución es limitada, algo que lo hace más vulnerable que especies con un rango mucho más amplio.
Aquí el láser no es un truco de laboratorio. Es una herramienta para tomar mejores decisiones. Si se sabe qué ambientes usa el tiburón en cada etapa de su vida, se pueden proteger mejor las zonas donde nace, crece o se desplaza.
Una huella del agua
El investigador Brandon Mahan lo resume de forma sencilla. «Nuestra huella geoquímica vertebral también diferencia entre los entornos acuáticos que habita durante su vida». En otras palabras, la vértebra no solo cuenta años. También cuenta paisajes de agua.
Eso abre una puerta interesante para otras especies. La microquímica de vértebras puede ayudar a reconstruir la química de ríos y estuarios, incluso a estudiar cambios modernos en las masas de agua, como la acumulación de metales pesados y otros contaminantes.
El fondo de la historia es bastante humano. Para cuidar a un animal que casi no vemos, primero hay que aprender a leer las señales que deja. A veces, esas señales no están en la superficie del agua, sino escondidas en una vértebra.
El estudio completo, titulado «Challenging traditional methods of age estimation: elemental and isotopic characterisation of speartooth shark Glyphis glyphis vertebrae», ha sido publicado en Marine Ecology Progress Series.
