La cabra montés volvió a la Sierra de Guadarrama como una historia de éxito. A comienzos de los años 90, la Comunidad de Madrid inició una suelta de 67 ejemplares en el Hueco de San Blas, procedentes de Gredos y Las Batuecas, para recuperar una especie que había desaparecido de la zona.
El problema es que aquel éxito creció demasiado. El censo intensivo de otoño de 2024 estima ahora 3.721 cabras monteses en el entorno del Parque Nacional, con una densidad global de 23,4 ejemplares por km² y una fuerte concentración en Cuerda Larga-Pedriza. ¿Qué significa esto para quien ve cabras entre las rocas de La Pedriza? Que detrás de esa postal hay una gestión ambiental mucho más delicada de lo que parece.
Un éxito que se desbordó
Las reintroducciones de fauna suelen buscar algo muy concreto, devolver al monte una pieza que faltaba. En este caso, la cabra montés volvió a ocupar un espacio donde podía cumplir su papel ecológico y convertirse, además, en uno de los símbolos más reconocibles de Guadarrama.
Pero una población nueva, sin el equilibrio que dan los años y con pocos frenos naturales, puede crecer muy rápido. El propio plan de gestión de la Comunidad de Madrid señala que, desde su reintroducción, la población aumentó de forma exponencial y se comportó como una población colonizadora, con densidades que no estaban en equilibrio con el medio.
No es poca cosa. Lo que empezó como recuperación de biodiversidad se ha convertido en un problema de ajuste fino, porque la solución no pasa por eliminar la especie, sino por evitar que su número y su distribución dañen aquello que el parque intenta proteger.
Las plantas pagan la factura
La cabra montés come brotes, hojas y ramas tiernas. Eso, en una densidad adecuada, forma parte del funcionamiento normal del ecosistema, pero cuando hay demasiados animales el ramoneo impide que muchas plantas crezcan, florezcan y produzcan semillas. Y eso se nota.
Los estudios citados por SINC y la Universidad Politécnica de Madrid ya advertían de daños sobre especies protegidas como el acebo, el abedul, el tejo, el serbal de cazadores o el guillomo. Algunas superaban niveles admisibles de ramoneo y podían ver comprometida su conservación con las cargas existentes.
Además, el problema no es solo lo que comen. También está el pisoteo, el encamado y el frotamiento de los cuernos sobre la vegetación, incluidos musgos y líquenes que cubren las rocas. En zonas sensibles, esa presión puede dejar a las plantas sin margen para recuperarse.
El censo cambia el mapa
El último censo no habla de una población que siga disparada sin freno, sino de una bajada importante. La Comunidad de Madrid cifra el descenso en un 35,89 % respecto a 2021 y en un 40,52 % frente a 2019, cuando se llegaron a contabilizar 6.256 ejemplares.
Aun así, eso no significa que el problema esté resuelto. El informe técnico indica que la población sigue repartida de forma desigual y que los datos de 2024 muestran más concentración en algunas zonas, sobre todo en los extremos de Cuerda Larga, mientras que otras áreas han reducido mucho sus cifras.
También hay señales internas que preocupan a los técnicos. El censo apunta a una estructura poblacional desequilibrada, con menos jóvenes de lo esperado y una tendencia que obliga a mirar no solo cuántas cabras hay, sino qué edades tienen, dónde se mueven y cómo se reproducen.
La reserva biogenética
La Comunidad de Madrid anunció en junio de 2025 la creación de una reserva biogenética de cabra montés en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. La idea es contar con un reservorio de calidad, situado en la parte central del espacio protegido, con una densidad adecuada de ejemplares y sin actividad cinegética.
Junto a esta medida, el Gobierno regional plantea más vigilancia, observación directa de cada rebaño, ajustes en los aprovechamientos cinegéticos, control epidemiológico y lucha contra el furtivismo. En la práctica, esto significa seguir a la población casi rebaño a rebaño, como quien mira una herida que no debe volver a abrirse.
El consejero de Medio Ambiente resumió el objetivo con una frase clara. «El nuevo reto es lograr su estabilización», señaló, con una estructura poblacional adecuada y un reparto más equilibrado dentro de las áreas donde vive la especie.
El equilibrio difícil
La cabra montés no es una invasora cualquiera ni una especie que sobre sin más. Forma parte de los ecosistemas de montaña y, en números adecuados, ayuda a mantener procesos naturales como el consumo de vegetación, la dispersión de semillas y la creación de pequeños claros que favorecen a otras especies.
El dilema aparece cuando hay demasiadas. Entonces el monte deja de recibir una ayuda y empieza a sufrir una presión continua, sobre todo en plantas raras, amenazadas o de crecimiento lento. Es el clásico equilibrio de la naturaleza, pero con una administración mirando el contador.
Por eso el plan de gestión vigente busca reducir densidades, redistribuir ejemplares, recuperar flora y fauna amenazadas, controlar el estado sanitario y ajustar la población a la capacidad real del medio. En el fondo, no se trata de elegir entre cabras o plantas, sino de conseguir que ambas puedan seguir en Guadarrama sin empujarse al límite.
El informe técnico ha sido publicado por el Centro de Investigación, Seguimiento y Evaluación del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.
