Exploran el océano a 5.000 metros de profundidad y encuentran una nueva rama de la vida desconocida hasta ahora para la ciencia

Exploran el océano a 5.000 metros de profundidad y encuentran una nueva rama de la vida desconocida hasta ahora para la ciencia

Explorar el océano a más de 4.000 y 5.000 metros de profundidad suena a ciencia ficción, pero es justo ahí donde la vida sigue dando sorpresas. Un equipo internacional de especialistas ha descrito 24 especies nuevas de anfípodos, pequeños crustáceos parecidos a gambas del océano profundo, a partir de muestras tomadas en la Zona Clarion-Clipperton, en el Pacífico.

Lo más llamativo es que una de esas especies, Mirabestia maisie, no encajaba en los cajones habituales. Sus rasgos han obligado a crear una nueva superfamilia y una nueva familia, una forma elegante de decir que el árbol de la vida gana una rama más dentro de un grupo que creíamos mucho mejor ordenado.

Qué han descubierto en el fondo del Pacífico

Las 24 especies descritas pertenecen a 10 familias de anfípodos e incluyen animales con hábitos de depredadores y carroñeros. Han sido publicadas en un número especial de ZooKeys y forman parte de un esfuerzo coordinado para poner nombre a la biodiversidad del océano profundo.

Y conviene bajar la lupa, literalmente. La Universidad deLodz recuerda que los anfípodos suelen medir alrededor de un centímetro y pueden ser depredadores, carroñeros o filtradores, además de servir de alimento a especies más grandes.

Detrás no hay una expedición solitaria, sino un trabajo de “artesanía científica” que lleva tiempo y paciencia. En 2024, 16 expertos y jóvenes investigadores se reunieron en la Universidad de Lodz para un taller taxonómico intensivo con la idea de acelerar la identificación sin perder rigor. Este impulso se apoya en la iniciativa One Thousand Reasons, que busca describir 1.000 especies nuevas en aguas internacionales.

Una nueva superfamilia, algo que no se ve todos los días

Mirabestia maisie fue descrita a profundidades de entre 4.130 y 4.309 metros, en la zona abisal del Pacífico. Para clasificarla, los autores propusieron Mirabestioidea (superfamilia nueva), Mirabestiidae (familia nueva) y el nuevo género Mirabestia. El nombre de la especie es también un guiño familiar, está dedicado a Maisie, la hija de Tammy Horton.

La razón es simple y a la vez rara. En el propio trabajo se destaca que sus piezas bucales cónicas son “únicas” dentro del grupo, y eso cambia el encaje evolutivo.

La investigadora Tammy Horton lo resumió así, “encontrar una nueva superfamilia es increíblemente emocionante y ocurre muy pocas veces”. Y cuando alguien que lleva años mirando bichos diminutos bajo el microscopio dice eso, conviene hacerle caso.

Ponerles nombre es más que un capricho

A veces parece un detalle menor, pero en biología el nombre lo es casi todo. Sin una descripción formal, una especie puede quedarse fuera de los listados oficiales, de los estudios comparables y, en la práctica, de muchas medidas de conservación.

Aquí entra la parte moderna del trabajo. En un análisis previo, Jażdżewska procesó 708 ejemplares y logró obtener códigos genéticos de 581, cuando en el océano profundo la extracción de ADN no siempre funciona bien.

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La propia universidad lo explica con una imagen muy clara, publicar la especie le da un “pasaporte” para existir en el mundo científico y de la conservación. Suena burocrático, pero es la diferencia entre que un animal cuente o se quede invisible.

La Zona Clarion-Clipperton, un gigante casi desconocido

La Zona Clarion-Clipperton, o CCZ por sus siglas en inglés, es enorme. Los organismos implicados la describen como un área de unos seis millones de kilómetros cuadrados entre Hawái y México, una extensión comparable a un continente en miniatura bajo el mar.

Allí abajo la vida funciona con otras reglas. No hay luz, la presión es extrema y a partir de unos 4.500 metros se entra en una oscuridad total donde casi nadie mira, aunque la vida siga ahí.

Y aun así, seguimos yendo a ciegas en muchos aspectos. En el Museo de Historia Natural de Londres recuerdan que se estima que en la CCZ puede haber unas 5.600 especies y que alrededor del 90% siguen sin describirse. ¿Te imaginas intentar proteger un lugar sin saber qué seres lo habitan?

La minería submarina acelera el reloj

La CCZ no es solo un “laboratorio natural”. En el lecho marino hay nódulos polimetálicos que pueden contener manganeso, cobalto, níquel y otros metales que se usan en móviles, baterías y coches eléctricos, justo los objetos que tenemos más a mano cada día.

El problema es que el fondo del océano no es un desierto. En la Universidad de Lodz advierten de que extraer esos nódulos implica remover el sustrato y levantar nubes de sedimento que pueden afectar a organismos a distancia.

De hecho, la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos ya tiene un plan ambiental para la CCZ que identifica 13 Áreas de Especial Interés Ambiental protegidas de la minería, en total 1,97 millones de kilómetros cuadrados. Es un avance, pero no cubre toda la región y no responde por sí solo a la gran pregunta sobre impactos acumulados.

Qué conviene tener en cuenta a partir de ahora

En el debate internacional, la regulación todavía se está construyendo. Un informe de seguimiento de las negociaciones en la ISA recuerda que el llamado “código minero” incluye normas para exploración y explotación, y que las reglas para explotación comercial siguen en desarrollo. 

En la sesión de marzo de 2026, España insistió en apoyar una “pausa precautoria” y en que la protección efectiva del océano profundo debe ser un pilar del proceso. Al mismo tiempo, varios países pidieron que no se inicie la explotación hasta que haya un marco robusto y basado en la mejor ciencia disponible.

Y hay otra idea que se repite en los propios talleres. Si se mantiene un ritmo de unas 25 especies nuevas descritas al año, la fauna de anfípodos de la CCZ podría quedar bastante bien documentada en una década, según apuntan en el proyecto. (scienceinpoland.pl)

El estudio se ha publicado en la revista ZooKeys.

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