En la cuenca del Congo, dos grandes lagos de aguas oscuras están liberando CO₂ que no procede solo de hojas recientes, ramas caídas o materia vegetal actual. Un estudio publicado en Nature Geoscience ha detectado que parte de ese carbono viene de turba acumulada durante miles de años, con edades de entre 2170 y 3515 años según las mediciones de radiocarbono. En algunos casos, esa turba antigua aporta entre el 39 y el 40 % del carbono inorgánico disuelto analizado por los investigadores.
La conclusión no es que todo el sistema haya colapsado. Pero sí hay una señal incómoda. Una de las grandes cajas fuertes naturales de carbono del planeta parece tener una rendija abierta, y ahora la pregunta es si esa fuga forma parte del funcionamiento normal del ecosistema o si apunta a una desestabilización más seria. No es poca cosa, porque la Cuvette Centrale del Congo es el mayor complejo de turberas tropicales conocido y almacena unos 29 petagramos de carbono.
La pista estaba en el agua
Los investigadores se centraron en los lagos Mai Ndombe y Tumba, dos masas de agua humíferas situadas dentro del complejo de turberas de la cuenca central del Congo. Mai Ndombe ocupa unos 2250 kilómetros cuadrados y Tumba unos 700, y ambos reciben materia orgánica de bosques pantanosos muy productivos.
La sorpresa llegó al estudiar el carbono inorgánico disuelto en el agua. Ese carbono podía haber sido reciente, como suele ocurrir en muchos lagos de este tipo, pero no lo era. En Mai Ndombe tenía una edad media de 2170 años y en Tumba alcanzaba los 3515 años.
El contraste fue clave. Mientras el carbono orgánico disuelto parecía moderno, el carbono inorgánico tenía una firma antigua. En la práctica, esto indica que el CO₂ que acaba saliendo del agua no viene solo del ciclo rápido de plantas actuales, sino también de depósitos profundos de turba.
Una caja fuerte natural
Las turberas funcionan como almacenes de carbono porque el suelo encharcado frena la descomposición de restos vegetales. Dicho de forma sencilla, hay menos oxígeno, los microbios trabajan más despacio y el carbono queda atrapado durante siglos o milenios. Es una especie de archivo subterráneo del clima.
Aunque las turberas cubren solo alrededor del 3,8 % de la superficie terrestre, contienen cerca de un tercio del carbono orgánico almacenado en los suelos del planeta. Por eso importan tanto. Si una parte de ese carbono empieza a moverse hacia la atmósfera, el problema deja de ser local.
En el Congo, esa importancia se multiplica. La cuenca central almacena unos 29.000 millones de toneladas de carbono, una cifra difícil de imaginar, pero enorme para el equilibrio climático. Lo que ocurra allí puede influir en los modelos que se usan para entender el calentamiento global.
Cómo escapa el CO₂
El estudio plantea una ruta bastante clara, aunque todavía con incertidumbres. Los microbios podrían estar descomponiendo turba antigua en el subsuelo y transformándola en CO₂. Después, ese carbono viajaría con el agua hasta los lagos, donde terminaría liberándose a la atmósfera.
Los autores describen a los lagos como una especie de chimenea natural. Una vez que el CO₂ antiguo llega al agua abierta, sale con facilidad al aire. Además, el patrón no apareció solo en un lago, ya que también se observaron señales compatibles en el río Fimi y una señal ligeramente antigua en el río Ruki.
El punto delicado está en lo que todavía no se sabe. Las rutas hidrológicas exactas siguen siendo una incertidumbre importante, y los propios investigadores reconocen que hace falta entender mejor cómo se mueve el agua dentro de estas turberas. Ahí está la pieza que falta.
La duda que preocupa
Hasta ahora, la idea más extendida era que el carbono antiguo de estas turberas permanecía bastante protegido, salvo en situaciones como sequías prolongadas o alteraciones fuertes del paisaje. Este trabajo cambia el enfoque, porque muestra una vía de pérdida incluso en un sistema considerado en gran medida prístino.
«Nos sorprendió encontrar que se libera carbono antiguo a través del lago», explicó Travis Drake, autor principal del estudio, en el comunicado de ETH Zurich. Matti Barthel, coautor del trabajo, lo resumió con una imagen muy directa. «El reservorio de carbono tiene una fuga».
¿Qué significa esto en la práctica para el clima? Puede ser una fuga natural compensada por la formación de nueva turba en otras zonas. Pero también puede ser una señal temprana de que el sistema se acerca a un punto más frágil, sobre todo si aumentan las sequías, el drenaje o los cambios de uso del suelo.
El reloj corre
ETH Zurich advierte que un clima más seco podría movilizar más carbono, porque la turba quedaría expuesta al oxígeno durante más tiempo. Cuando eso ocurre, la materia orgánica que estaba relativamente protegida se descompone con mayor facilidad. Y eso se nota en forma de más gases de efecto invernadero.
También hay otra preocupación añadida. En un estudio paralelo citado por ETH Zurich, los investigadores analizaron el papel del nivel del agua en las emisiones de metano del lago Mai Ndombe. Si las estaciones secas se vuelven más largas o intensas, los lagos de aguas negras podrían convertirse en fuentes más importantes de metano, otro gas con fuerte impacto climático.
Por ahora, la respuesta definitiva no está escrita. Lo importante es medir mejor, seguir el agua y conocer el trabajo de los microbios dentro de la turba. Solo así se sabrá si estamos viendo un proceso natural limitado o una alerta temprana de algo mayor.
El estudio ha sido publicado en Nature Geoscience.
