Un estudio concluye que muchas especies de insectos de las tierras bajas tropicales apenas tienen margen para soportar más temperatura. El dato preocupa aún más porque los trópicos concentran más del 70% de las especies de insectos y estos animales sostienen funciones básicas de los ecosistemas, como la polinización, la descomposición de materia orgánica y el control natural de plagas. No es un detalle menor.
El equipo analizó en campo unos 8.000 insectos pertenecientes a alrededor de 2.300 especies y 242 familias a lo largo de gradientes de altitud en los Andes peruanos y en Kenia. La idea era sencilla de explicar, aunque nada fácil de medir. Averiguar hasta qué punto aguantan el calor antes de dejar de moverse. Después, los científicos compararon esos resultados con datos genómicos de 677 especies para ver si esa resistencia también está escrita en la biología más profunda del grupo.
La conclusión central es clara. Los insectos de tierras bajas soportan más calor que los de zonas altas, pero viven mucho más cerca de su techo térmico. Dicho de otro modo, ya van casi al límite. El estudio detecta que la tolerancia al calor no aumenta al mismo ritmo que sube la temperatura ambiental y que, en las tierras bajas tropicales, esa curva se aplana hasta acercarse a un tope.
Además, las especies de montaña todavía muestran cierta capacidad de ajustar su resistencia tras una exposición breve a temperaturas altas. En las de tierras bajas ocurre justo lo contrario. Ese pequeño «entrenamiento» no mejora su respuesta y, de media, incluso la empeora. Los autores interpretan que muchas ya tienen activadas al máximo sus defensas fisiológicas, como las proteínas que ayudan a evitar daños por calor. Cuando llega más temperatura, el margen simplemente desaparece.
¿Y por qué importa esto fuera del laboratorio? Porque los insectos son trabajadores silenciosos del ecosistema. Polinizan, reciclan materia orgánica y frenan otras poblaciones. Si empiezan a caer, el golpe no se queda en el bosque. En buena parte de los trópicos eso afecta a la regeneración de la vegetación, a la salud del suelo y, en cadena, a cultivos y redes alimentarias enteras. Marcell Peters, uno de los autores, advierte de un «impacto masivo» sobre las poblaciones y de consecuencias amplias para ecosistemas completos.
La Amazonia baja aparece como el frente más delicado. En África oriental el aumento previsto es bastante menor, pero en la Amazonia el riesgo se dispara. Según las proyecciones del estudio para finales de siglo, hasta el 52% de las futuras temperaturas de superficie y el 38% de las temperaturas del aire en las tierras bajas amazónicas podrían ser suficientes para provocar mortalidad por calor en la mitad de la comunidad estudiada, según el escenario climático. Y hay un detalle que impresiona. Algunas temperaturas de superficie ya medidas hoy pueden causar coma térmico en menos de un minuto. Para un insecto, la diferencia entre sombra y exposición total puede ser cuestión de vida o muerte.
Aquí entra otra idea importante. Conservar selvas intactas no es solo proteger árboles. También es mantener sombra, humedad y pequeños refugios térmicos. El propio trabajo señala que la vegetación compleja puede amortiguar la temperatura y dar tiempo a los insectos para escapar del pico de calor. Pero si el bosque se abre por deforestación, tala o mortalidad de árboles, esos escondites se reducen. Y eso se nota.
El mensaje final no invita al dramatismo fácil, pero sí a tomárselo en serio. Kim Holzmann, autora del estudio, resume el panorama como «alarmante». En la práctica, lo que dice la investigación es que muchas especies tropicales ya no tienen casi colchón térmico para seguir adaptándose al ritmo que marca el calentamiento global.
El estudio ha sido publicado en Nature.

