Las consecuencias medioambientales y sociales de la desertización rural

Las consecuencias medioambientales y sociales de la desertización rural

 

La concentración de la población en las ciudades tiene un sinfín de consecuencias ambientales asociadas que empeoran la crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la contaminación, etc. Estas consecuencias son muchas. Algunas, muy visibles. Otras, más indirectas. Pero todas ellas dirigen nuestro planeta hacia el colapso de una manera o de otra. A continuación, enumeramos algunos de estos problemas derivados de la desertización rural.

El problema de los alimentos

La desertización poblacional conlleva una serie de consecuencias de aspectos negativos. Se abandonan los cultivos, pastos y bosques, y, por tanto, se dejan de producir los alimentos en las áreas locales. La desertización rural conlleva el hecho de que cada vez se produzcan menos alimentos en la zona y se tengan que importar.

Esta desertización conlleva, a su vez, una mayor dependencia de combustibles fósiles, una mayor emisión de gases de efecto invernadero y una pérdida absoluta de sabores y tradiciones culinarias e identitarias. De hecho la necesidad del desarrollo rural se asocia, habitualmente, a la existencia de graves problemas que afectan a quienes viven en este medio, particularmente en los países en desarrollo, pero también en los países llamados desarrollados.

Proteger y conservar la capacidad de la base para producir sus propios recursos naturales que les permita seguir proporcionando servicios de producción, ambientales y culturales, es básico. La producción sostenible en cada área es una buena parte del trabajo, porque lo demás, la importación masiva de alimentos, conlleva un gran problema medioambiental directo e indirecto.

Pérdida de biodiversidad

Si se abandonan los cultivos tradicionales por la desertización rural se pierde biodiversidad. Por un lado, se pierden especies vegetales y animales autóctonas. Estas especies, muy rústicas, serían muy válidas a la hora de afrontar actuales y futuras crisis climáticas.

Las especies adaptadas a cada una de las zonas son sustituidas por otras variedades más productivas en monocultivos o, simplemente, desaparece la actividad agraria en las zonas afectadas y, obviamente, con ellas se esfuman también las especies que la sustentaban.

Erosión

La intensidad del proceso erosivo en más del 50% de nuestro territorio supera lo tolerable. La existencia de cultivos permanentes en secano en zonas de topografía complicada contribuye a evitar la erosión, a mantener el paisaje y la biodiversidad. Es necesario el mantenimiento de dichos cultivos y el fomento de la agricultura de conservación. Además, el abandono de tierras contribuye a la desertificación de las tierras.

Las siguientes condiciones particulares propias de amplias zonas de España y de la región mediterránea están asociadas a los procesos de desertificación:

  • Clima semiárido en grandes zonas, sequías estacionales, extrema variabilidad de las lluvias y lluvias súbitas de gran intensidad
  • Suelos pobres con marcada tendencia a la erosión
  • Relieve desigual, con laderas escarpadas y paisajes muy diversificados
  • Pérdidas de la cubierta forestal a causa de repetidos incendios de bosques (algo muy relacionado con el éxodo rural)
  • Crisis en la agricultura tradicional, con la consiguiente desertización rural, el abanono de tierras y el deterioro del suelo y de las estructuras de conservación del agua.
  • Ocasional explotación insostenible de los recursos hídricos subterráneos, contaminación química y salinización de acuíferos, a causa de la agricultura industrial, que también conlleva éxodo rural

Los incendios forestales

Otro de los problemas ambientales característicos de este país son los derivados del alto grado de incendios forestales. La desertización rural provoca que los bosques no se cuiden, que el ganado no se coma los arbustos y que una gran parte del bosque sea fácilmente incendiable. Pero el pez se muerde la cola. El incendio provoca desertización, la desertización calienta el clima, la crisis climática provoca más incendios…

El abandono de los usos tradicionales de la agricultura y la ganadería acentúan el mal endémico de los incendios estivales en la cuenca mediterránea. Ni se llevan animales al monte, ni se trae matorral para cuadras, ni madera para los hornos. Por la desertización rural, «todo se ha dejado al abandono o para madera» suelen quejarse los vecinos que quedan en los pueblos, cuyas edades son cada vez mayores.

En la limpieza de los montes el ganado tiene una gran responsabilidad, ya que cuando el ramoneo desaparece  en los bosques por causa de la desertización ese bosque pasa a ser un maremágnum de matorrales y se carga de combustible. La ganaderia extensiva es una ayuda para la naturaleza, por sus interrelaciones con el suelo, con la vegetación, con el abono natural, etc.

Degradación de paisajes y pérdidas de saberes ancestrales

Los paisajes agrarios hoy despoblados por la desertización rural se distorsionan. Los muros se caen. La vegetación lo cubre todo. La niebla de la ignorancia se cierne sobre tradiciones, usos, herramientas, que antaño servían para muchas cosas y lo hacian de una forma tan natural como sostenible.

Sin esos saberes, las soluciones ambientales a los problemas actuales se complican. La pérdida de población de las zonas rurales es un pequeño gran genocidio cultural. El novelista Julio Llamazares, quien ha escrito decenas de páginas sobre el olvido de ese mundo, alerta del drama y de sus consecuencias. Se pierde el orgullo, la ilusión, la dignidad, el paisaje, y se borra la memoria’”.

Insostenibilidad en todos los frentes

La concentración de cada vez más personas en áreas urbanas a causa de la deseertización rural, complica la sostenibilidad de la sociedad. Por más sostenibles que fueran esas ciudades, la cantidad sí importa. No es sostenible que haya millones de personas hacinadas en poco espacio de terreno. Los problemas ambientales de la despoblación rural ocurren también a muchos kilometros de los ámbitos rurales, como en el caso de los recursos hídricos.

El agua es uno de los ejemplos más ilustrativos. Crecientemente, las megaurbes extraen aguas de los ríos y acuíferos pertenecientes a municipios adyacentes, relegando a un segundo plano las necesidades de las comunidades locales, que a menudo no tienen voz ni voto en la toma de decisiones. Esas actuaciones acarrean otros problemas medioambientales derivados, como el bajo caudal de agua, que hace desaparecer muchas especies.

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Destrucción de la economía

La destrucción de la economía local a causa de la desertización rural conlleva, siempre, la derivación de capitales a cada vez un menor número de manos: mayor concentración, más monopolio. Y estas son malas noticias para la naturaleza. En lo agrario, por ejemplo, si desaparecen los campesinos y solo existe un numero limitado de obreros que trabajan para empresas gigantes con más mauinaria que mano de obra, son las multinacionales corporaciones del agro con sus semillas transgénicas, sus pesticidas y sus insumos petrodependientes las que salen favorecidas.

Al final, la tierra vuelve a perder. Sin una clase rural campesina fuerte y cohesionada, el mal que engendran las grandes empresas del agro campa a sus anchas con sus funestas consecuencias para la diversidad y la vida. Ken Roseboro ha dicho: “Las corporaciones de biotecnología monopolizan los mercados de semillas, incrementan los precios y eliminan las opciones de los campesinos. La introducción de las cosechas genéticamente manipuladas (GM) ha correspondido con la creciente monopolización de la semilla por parte de las corporaciones de biotecnología; y mayores costos de las semillas.

Esto ha llevado a tragedias en algunos países, mientras eliminan las semillas convencionales no GM y reducen las opciones semilleras de los agricultores. Estos impactos están siendo vistos en USA, Brasil, India, Filipinas, Sudáfrica y Europa. Vamos hacia un mundo rural sin campesinos, donde obreros del campo, al servicio de grandes empresas, trabajan en pro de una economía globalizada que destruye la economía local, saca a las gentes de sus casas y los lleva a vivir a suburbios infrahumanos de ciudades cada vez más colosales, pero podridas por dentro.

Mala calidad de vida

La mala calidad de vida de los habitantes que residen en los pueblos cada vez más degradados es, también, uno de los problemas medioambientales a tener en cuenta como consecuencia de la desertización rural. Se pierde la alegría, las ganas de vivir, se pierden servicios esenciales, impera sólo la vejez. El mayor envejecimiento de las poblaciones rurales genera un problema de dependencia superior al del conjunto de la población española.

Algunas características del medio rural ponen de manifiesto factores de riesgo y aumentan la vulnerabilidad del proceso de envejecimiento. La mayor dispersión de centros asistenciales, sanitarios y de servicios y las carencias de infraestructuras de transporte público hace que la necesidad de transporte privado sea alta, lo que limita especialmente a las personas mayores.

Las carencias de habitabilidad referidas a la accesibilidad, y la ausencia de algunos servicios básicos, representan un grave problema para envejecer en casa. Todo ello representa un drama personal y familiar para millones de personas en todo el planeta. Y, a veces, para países enteros.

Pérdida de patrimonio por la desertización

Con la desertización rural se pierden tesoros patrimoniales. Los bandidos acechan y actúan ante el silencio y la dejadez institucional. Los muros se van cayendo poco a poco sin que nadie haga nada para evitarlo. Sin duda, ese es uno de los valores que todos, independientemente de donde vivamos, no nos deberíamos permitir perder.

No podemos privar a las futuras generaciones de ese ingente patrimonio, porque esas son nuestras raíces. Nuestra arquitectura popular, nuestras tradiciones y costumbres, nuestros paisajes y nuestra agricultura son nuestro modo de vida. Por eso, suelo decir que hay que empezar por dignificar la vida en los pueblos para que la gente se plantee regresar o ir a vivir a los pueblos.

Especies invasoras

La proliferación sin control de algunas especies vegetales y animales también provoca una disminución de la biodiversidad al no dejar espacio para el crecimiento y proliferacion de las especies autoctonas. Con gente en los campos y agricultores activos se pueden llevar a cabo inciativas para biscar soluciones a estos problemas, que, con el éxodo y la desertización rural, no queda nadie para preservarles y protegerles.

Pérdida de recursos hídricos

El abandono rural y la desertización agraria conllevan que malbaratemos nuestros recursos hídricos, aunque pueda parecer lo contrario. Tenemos que intervenir en la naturaleza gestionando el monte para que nos dé los servicios que queremos que nos dé, y los que no queremos que no nos los dé. Este asilvestramiento está implicando que tenemos menos agua en los ríos. Perdemos agua y humedad con el asilvestramiento.

Por la deserrtización los recursos tradicionales aplicados al agua, como acequias o aljibes se derrumban. Todo ello provoca calentamiento global que, sumado a los incendios, provoca más crisis climática aún y, por consiguiente, menos recursos fluviales y menor aprovechamiento de ellos. Está aumentando la cobertura vegetal, la biomasa. Se está asilvestrando el monte y eso hay que gestionarlo, porque ello tiene eefectos negativos, que se manifiestan en pérdida de recursos hídricos.

Urbanización descontrolada

El éxodo y la desertización rural comportan caos urbanístico en todo el mundo. En las ciudades que se convierten en destino de grandes migraciones se produce un efecto aluvión que provoca urbanismo ácrata. Este urbanismo sin control, precipitado, por acelerado, tiene impactos medioambientales y paisajísticos muy negativos. Pero en las zonas de origen de las migraciones, en sus ámbitos rurales, también ocurre ese efecto.

Ello por no hablar de la conflictividad social, el aumento del narcotráfico, la violencia, los problemas domésticos y un largo etc. La vida en espacios urbanos feos e inhumanos, donde la naturaleza brilla por su ausencia, provoca más desolación, más depresiones, más violencia social y más falta de esperanza.

Que la gente se vaya del campo a la ciudad acaba por no ser bueno ni para unos ni para otros. Pero lo peor de la desertización es que quienes terminan pagando el precio son los más vulnerables: las nuevas generaciones que crecen en la desesperanza y la biodiversidad, víctima silenciosa y obligada de la codicia de la especie dominante.

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