Australia ha volcado el equivalente a 150.000 carretillas de conchas al fondo del mar desde 2014 y ha logrado que vuelvan a aparecer 250 especies de peces donde antes no había casi nada

Australia ha volcado el equivalente a 150.000 carretillas de conchas al fondo del mar desde 2014 y ha logrado que vuelvan a aparecer 250 especies de peces donde antes no había casi nada

Australia está usando conchas de ostra recicladas para devolver vida a unos arrecifes marinos que casi habían desaparecido. La imagen parece sencilla, barcos dejando caer conchas y roca sobre el fondo del mar, pero detrás hay un proyecto de restauración que ya cubre 62 hectáreas en 21 zonas del sur y este del país.

El resultado empieza a notarse bajo el agua. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), los arrecifes restaurados ya están ayudando a aumentar las poblaciones de peces en unas 50 toneladas al año y han registrado unas 250 especies de peces e invertebrados móviles, frente a las 175 observadas en zonas cercanas.

Un arrecife casi perdido

Los arrecifes de ostras y mejillones fueron muy abundantes en bahías y estuarios de Australia. Durante siglos dieron alimento, refugio para peces y cierta protección natural a las costas, aunque no sean tan conocidos como la Gran Barrera de Coral. Y eso también cuenta.

El problema llegó con la explotación intensiva tras la llegada de los colonos europeos hacia 1800. A eso se sumaron la contaminación, el desarrollo costero y el cambio climático. Hoy queda menos del 10 % de estos arrecifes en el sur y el este de Australia, según recoge el PNUMA.

Conchas que vuelven al mar

La idea del programa es devolver al fondo marino la base dura que necesitan las crías de ostras y mejillones para fijarse. Si solo hay arena o lodo, muchas larvas no tienen dónde agarrarse y el arrecife no se recupera por sí solo a gran escala.

Por eso los equipos colocan roca y conchas de ostra recicladas sobre el lecho marino. Parte de esas conchas procede de empresas de acuicultura y restaurantes locales, y algunas se llevan antes a criaderos para que pequeños moluscos se asienten en ellas antes de volver al agua.

Simon Branigan, responsable de restauración marina de The Nature Conservancy Australia, lo resumió de forma muy clara. “Lo que hacemos es poner en marcha ese proceso de recuperación”, explicó al PNUMA. Desde 2014, añadió, han reciclado unas “150 000 carretillas de conchas”.

Por qué regresan los peces

Un arrecife de ostras no es solo un montón de conchas. Es una estructura con huecos, sombras y rincones donde los animales pueden esconderse, alimentarse y reproducirse. En la práctica, funciona como un pequeño barrio submarino.

Esa estructura es la que está atrayendo de nuevo a muchas especies. En las zonas restauradas se han observado peces, cangrejos, estrellas de mar y otros invertebrados móviles. Los datos del PNUMA indican que los arrecifes ya aportan unas 50 toneladas de peces al año, una cifra que podría duplicarse en 2030 si el proyecto sigue avanzando.

¿Qué significa esto para las comunidades costeras? Más vida marina puede reforzar la pesca, mejorar el atractivo del ecoturismo y ayudar a recuperar espacios que habían perdido buena parte de su función natural. No es poca cosa.

Agua más limpia

Las ostras y los mejillones también filtran agua mientras se alimentan. No lo hacen como una depuradora industrial, claro, pero a gran escala su efecto puede ser importante. Un arrecife sano ayuda a retirar partículas y nutrientes que, en exceso, favorecen problemas como las floraciones de algas.

Según el PNUMA, los arrecifes restaurados filtran hasta 125 000 millones de litros de agua de mar al año y eliminan hasta 14 toneladas de contaminación por nutrientes. Dominic McAfee, biólogo marino de la Universidad de Adelaida, lo definió como una forma renovable y sostenible de limpiar la columna de agua cuando el arrecife se restaura a largo plazo.

Aquí conviene mantener los pies en el suelo. La restauración no borra por sí sola la contaminación ni sustituye a buenas políticas costeras. Pero sí devuelve una herramienta natural que el propio ecosistema había perdido en gran medida.

Comunidades implicadas

El proyecto está liderado por The Nature Conservancy, con apoyo de autoridades públicas y otros socios. En la elección y diseño de las zonas participan residentes, pescadores, propietarios tradicionales indígenas, científicos y reguladores. Es decir, no se trata solo de tirar conchas al mar y esperar.

La ONU y la FAO reconocieron esta iniciativa como World Restoration Flagship dentro de la Década de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas. El reconocimiento destaca los proyectos de restauración ambiciosos, científicos e inclusivos, con beneficios para la naturaleza y para las personas.

Además, el programa puede tener impacto económico. La ONU estima que, cuando esté completado, podría crear unos 2700 empleos, apoyar a unas 200 empresas locales y generar cerca de 14 millones de dólares australianos al año en beneficios continuos.

La meta de 2030

El objetivo ahora es mucho mayor que lo ya conseguido. El Shellfish Reef Rebuilding Program quiere restaurar 300 hectáreas en 60 ubicaciones para 2030. Eso supondría recuperar arrecifes en torno al 30 % de sus lugares originales.

Si se alcanza esa meta, Australia podría convertirse en el primer país en recuperar un ecosistema marino catalogado como críticamente amenazado. Es una frase grande, pero no conviene leerla como una victoria automática. El reto será mantener los arrecifes vivos, vigilados y conectados con otros hábitats costeros como praderas marinas, manglares o marismas.

Branigan reconoce que “hay mucho trabajo por hacer”, aunque también señala que lo más satisfactorio es devolver algo a la naturaleza y a las personas. En el fondo, esa es la clave de esta historia. Un residuo de restaurantes y acuicultura puede convertirse, con ciencia y paciencia, en el cimiento de un ecosistema que vuelve a respirar.

La información oficial ha sido publicada por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

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