Saihanba no nació como una postal verde. En los años 50, esta zona del norte de China, en la provincia de Hebei, había quedado muy dañada por la tala excesiva y el viento empujaba arena hacia Pekín desde los desiertos del norte. Hoy, el lugar se ha convertido en uno de los grandes ejemplos mundiales de restauración ecológica.
El cambio no llegó de golpe. Fueron necesarias tres generaciones de trabajadores forestales, más de medio siglo de plantaciones y una vigilancia constante del terreno. La cubierta forestal pasó de apenas el 11,4% a cifras cercanas al 80% o el 82%, según las fichas oficiales de Naciones Unidas. No es poca cosa.
Una tierra casi perdida
Saihanba ocupa una enorme superficie en el norte de China, cerca del borde sur de Mongolia Interior. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente habla de 92 000 hectáreas, mientras que la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación eleva la cifra a 93 300 hectáreas en su ficha del premio Land for Life.
Para entender la escala, no hablamos de un parque con árboles bonitos para pasear un domingo. Hablamos de una barrera viva levantada donde antes el suelo estaba expuesto, seco y vulnerable. Cuando el viento soplaba, la arena no encontraba casi nada que la frenara. Y eso se notaba lejos.
La misión de 1962
En 1962, cientos de guardabosques fueron enviados a Saihanba para plantar árboles en condiciones muy duras. El frío extremo, los vientos fuertes y la pobreza del suelo hicieron que muchas de las primeras plantaciones fracasaran. La restauración no tuvo nada de cómoda.
Uno de los trabajadores recordaba aquellos años con una frase sencilla, pero muy gráfica. Li Xiuzhu explicó al PNUMA que pasaron frío y que “regaron los árboles con su sudor”. Esa imagen resume bien el proyecto. No fue una idea brillante sobre el papel, sino trabajo repetido durante décadas.
El cambio en cifras
La UNCCD señala que, tras 59 años de trabajo y tres generaciones implicadas, Saihanba transformó 93 300 hectáreas de terreno degradado y logró forestar 76 700 hectáreas. La cubierta forestal subió del 11,4% al 82%. Además, las reservas de madera pasaron de 330 000 metros cúbicos a 10,36 millones de metros cúbicos.
Los beneficios ambientales también son grandes. Según esa misma ficha, el bosque purifica cada año 274 millones de metros cúbicos de agua, secuestra 814 000 toneladas de carbono y libera 570 600 toneladas de oxígeno. Son cifras enormes, pero conviene leerlas como lo que son: una estimación oficial de servicios ecosistémicos.
En la práctica, esto significa que el bosque no solo “queda bien” en una imagen aérea. Ayuda a retener agua, protege el suelo y reduce la erosión. Es justo lo contrario de lo que ocurre cuando una tierra pierde árboles, raíces y vegetación.
El escudo verde
Saihanba fue creado para frenar el avance de las tormentas de arena. La UNCCD lo describe como una explotación forestal establecida para impedir la entrada de esas tormentas, y el PNUMA recuerda que la zona degradada permitía que la arena avanzara hacia Pekín desde los desiertos del norte.
Eso no significa que un bosque pueda apagar todos los problemas climáticos de una región. Pero sí puede cambiar mucho las reglas del juego. Los árboles reducen la velocidad del viento, sujetan el suelo con sus raíces y ayudan a que el agua no desaparezca tan rápido. Es como ponerle freno a una tierra que se estaba deshaciendo.
Lo que ven los satélites
Un estudio publicado en 2025 analizó la evolución de la densidad forestal de Saihanba combinando datos LiDAR aéreo e imágenes de los satélites Landsat. Los investigadores estimaron la densidad del bosque cada cinco años entre 1988 y 2023. Así pudieron ver si la recuperación era solo una historia bonita o si también aparecía en los datos.
El resultado apunta a una mejora clara, aunque no perfecta. La densidad media pasó de unos 521 árboles por hectárea en 1988 a 628 árboles por hectárea en 2023, un aumento neto del 20,6%. El propio estudio señala que hubo fluctuaciones, con caídas asociadas a cambios de gestión y a la fuerte sequía de 2012.
Ese matiz importa. Restaurar un ecosistema no es dibujar una línea recta hacia arriba. Hay sequías, plagas, errores, zonas que avanzan y otras que retroceden. Por eso la vigilancia posterior es tan importante como la plantación inicial.
La lección de Saihanba
La historia de Saihanba deja una idea bastante clara. Plantar árboles puede ser útil, pero no basta con plantar por plantar. Hace falta elegir especies adecuadas, cuidar los plantones, proteger el terreno y revisar durante años si el bosque realmente se está consolidando.
En el fondo, lo que demuestra este caso es que la restauración ecológica necesita tiempo. Mucho tiempo. Y también continuidad política, conocimiento técnico y personas que sigan allí cuando ya no hay cámaras ni grandes anuncios.
Reconocimiento internacional
El proyecto recibió en 2017 el premio Campeones de la Tierra del PNUMA en la categoría de Inspiración y Acción. Naciones Unidas lo define como su máximo reconocimiento ambiental, concedido a personas, grupos u organizaciones con impacto transformador sobre el medio ambiente.
El estudio completo sobre la evolución de la densidad forestal de Saihanba ha sido publicado en la revista Remote Sensing.
