Elegir entre perro o gato parece una conversación ligera, de esas que salen en casa, en una cena o al ver a alguien paseando por la calle. Pero la psicología lleva tiempo mirando esa preferencia con más calma. La conclusión principal es sencilla: no define por completo quién eres, pero sí puede dar pistas sobre tu forma de vincularte, tu necesidad de rutina, tu relación con la independencia y hasta recuerdos de la infancia.
Los estudios más recientes no hablan de destinos cerrados ni de etiquetas mágicas. Hablan de tendencias. En general, quienes se identifican más con los perros suelen aparecer asociados a perfiles más activos, sociales y estructurados, mientras que quienes prefieren gatos tienden a valorar más la autonomía y los espacios tranquilos. ¿La clave? Tomarlo como una pista, no como un diagnóstico.
Una elección con más fondo
El psiquiatra Sergio Grosman lo plantea como una forma de relación. El perro suele pedir presencia, horarios, paseo y cercanía. El gato, en cambio, permite un vínculo más flexible, con más margen para la distancia y los tiempos propios.
En la vida diaria eso se entiende rápido. Un perro te saca de casa aunque haga frío, te obliga a organizarte y puede abrir pequeñas conversaciones con vecinos. Un gato puede acompañar desde el sofá, acercarse cuando quiere y retirarse cuando el ruido le sobra. No es poca cosa.
Qué dice la ciencia
Uno de los trabajos más citados es el de Samuel D. Gosling, Carson J. Sandy y Jeff Potter, publicado en Anthrozoös. Analizaron a 4565 participantes que completaron el inventario de los Cinco Grandes rasgos de personalidad y se identificaron como personas de perros, de gatos, de ambos o de ninguno.
El resultado apuntó a diferencias claras. Las personas de perros obtuvieron puntuaciones más altas en extraversión, amabilidad y responsabilidad. Las personas de gatos aparecieron, en comparación, con más apertura a la experiencia y mayor neuroticismo. Esto último no debe leerse como un insulto, sino como una medida psicológica relacionada con sensibilidad emocional, preocupación o respuesta al estrés.
Los perros y la rutina
El perro suele encajar con una vida más marcada por la acción. Hay paseos, juegos, horarios de comida, visitas al veterinario y esa alegría algo desbordada al volver a casa. Para muchas personas, esa estructura funciona casi como un ancla cotidiana.
La Universidad James Cook publicó en 2024 una comunicación sobre un estudio en el que los dueños de perros mostraron niveles más altos de resiliencia y los dueños de gatos niveles más altos de neuroticismo, después de controlar edad y género. Aun así, los investigadores fueron prudentes: no queda claro si el perro hace más resiliente a la persona o si las personas más resilientes tienden a elegir perros.
Los gatos y la calma
El gato suele asociarse a una compañía menos invasiva. No por fría, sino por distinta. Puede estar cerca sin exigir contacto constante, dormir junto a una persona durante horas y desaparecer cuando necesita silencio. Quien ha convivido con uno sabe que su cariño muchas veces va a su ritmo. Y eso también se nota.
Un estudio publicado en Animals en 2024, con 701 encuestas válidas, encontró que el 63,3 % de los participantes se identificaba como persona de perros y el 36,7 % como persona de gatos. También observó que las personas de gatos eran más probables en zonas urbanas, mientras que las de perros aparecían más vinculadas a zonas rurales.
La infancia también pesa
La preferencia no nace siempre en la edad adulta. A veces viene de muy atrás, de aquel primer perro familiar, del gato que dormía en la habitación o incluso de una casa donde nunca se permitió tener animales. La memoria emocional tiene más fuerza de la que parece.
Un trabajo de la Universidad de Bristol basado en la cohorte británica ALSPAC, siguió datos de 14 663 niños y niñas desde la gestación hasta los 10 años. Los investigadores observaron que el hecho de que la madre hubiera tenido mascotas en su infancia era un fuerte predictor de la presencia de animales en la siguiente generación. Dicho de forma sencilla, muchas veces aprendemos a convivir con animales antes de elegirlos conscientemente.
No es una guerra entre animales
La pregunta no debería ser qué animal es mejor. Debería ser qué tipo de vínculo puede cuidar mejor cada persona. Un perro necesita tiempo, salida, educación, paciencia y contacto social. Un gato necesita seguridad, juego, arenero limpio, revisión veterinaria y un hogar que respete su forma de moverse.
El estudio de Animals también detectó que las personas pasan más tiempo interactuando con la especie que prefieren. Eso puede ser normal, pero abre una advertencia importante en hogares con perros y gatos: la preferencia humana no debería traducirse en menos atención para el animal menos elegido. El bienestar de ambos importa.
Lo que revela de verdad
Elegir perro o gato puede hablar de cómo buscamos compañía. Algunas personas necesitan una presencia expresiva, física y casi constante. Otras prefieren una cercanía más silenciosa, menos demandante y más compatible con momentos de introspección.
Como resume la psicóloga María Fernanda Rivas, para muchas personas el animal «da la sensación de tener alguien a quien cuidar». Esa frase explica buena parte del asunto. Al final, no elegimos solo una mascota. Elegimos una forma de compartir la casa, el tiempo y los afectos.
El estudio completo que sirve como referencia principal, «Evaluation of Characteristics Associated with Self-Identified Cat or Dog Preference in Pet Owners and Correlation of Preference with Pet Interactions and Care», ha sido publicado en la revista Animals.
