Durante años, la desalinización fue la opción “de última hora” cuando faltaba agua. Pero la sequía prolongada y la presión sobre ríos y acuíferos están empujando a Estados Unidos, sobre todo en el oeste, a mirar el mar con otros ojos.
En 2026, la idea de beber agua del océano ya no suena a plan de emergencia, sino a parte fija del sistema. En el mundo ya operan más de 20.000 plantas y el sector sigue creciendo. La clave es que funciona, pero consume energía, puede generar emisiones y deja un residuo salino que hay que gestionar bien.
El mar entra en el plan
No es que a Estados Unidos le falte costa, el problema es la fiabilidad del agua dulce. Cuando la nieve se reduce, los embalses bajan y las restricciones llegan, la pregunta es inevitable, ¿de dónde sale el agua que mantiene una ciudad en pie?
La tendencia no se limita al agua del océano. En el país crece también la desalinización de aguas salobres, que suelen requerir menos energía que el agua de mar, y que se está usando como “seguro” frente a episodios de salinidad o escasez.
En cifras, la capacidad instalada de desalinización en Estados Unidos pasó de unos 302 millones de galones al día en 2009 a alrededor de 479 millones en 2022. Florida lidera esa capacidad, aunque California concentra parte del debate por su costa y sus sequías.
Millones de litros al día
El ejemplo más citado está en el sur de California. La planta de Carlsbad, en el condado de San Diego, produce en torno a 50 millones de galones al día (casi 190 millones de litros) y se presenta como un aporte importante para la demanda potable local, alrededor de un 10% en la zona.
Este tipo de infraestructuras ya sirve para pensar en acuerdos de agua a escala regional. Se negocia un pacto para que Arizona y Nevada paguen agua desalada de Carlsbad a cambio de asignaciones del río Colorado, pendiente de aprobación federal. En paralelo, el proyecto Doheny apunta a 5 millones de galones al día y la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) publicó en marzo de 2026 un hallazgo preliminar de no impacto significativo, en revisión pública.
Y no todo ocurre en el océano abierto. En Antioch, en el delta del Sacramento y San Joaquín, una nueva planta de desalinización de agua salobre puede producir hasta 6 millones de galones diarios de agua potable (unos 23 millones de litros), con apoyo de financiación pública, para asegurar suministro cuando sube la salinidad.
La ósmosis inversa explicada
Convertir agua de mar en agua potable no es magia, es ingeniería y mucha filtración. En la práctica, la mayoría de instalaciones actuales usan ósmosis inversa, un proceso que empuja el agua a través de membranas que retienen sales y otras impurezas.
Antes de llegar a esas membranas, el agua pasa por una limpieza previa para quitar sólidos y microorganismos. Después de la ósmosis, el agua suele “ajustarse” con minerales para que sea estable y apta para beber, porque un agua demasiado “pura” puede dar problemas en tuberías.
La diferencia entre desalar agua de mar y agua salobre está en la cantidad de sal con la que partes. Con menos sal, la presión necesaria baja y con ella el consumo eléctrico, por eso muchas ciudades también estudian esta vía con estuarios o acuíferos salinos.
El impacto que preocupa
La desalinización aporta seguridad, pero cobra “peaje” ambiental si no se diseña bien. El primero es energético, porque mover agua a alta presión cuesta electricidad, y si esa electricidad viene de combustibles fósiles, el agua sale con huella de CO2 (dióxido de carbono).
El segundo es el residuo. Un análisis global muy citado estimó que, de media, por cada litro de agua dulce se genera alrededor de 1,5 litros de salmuera, que hay que devolver o tratar con cuidado.
El tercero es el mar como ecosistema. Las tomas de agua pueden arrastrar larvas y plancton, y el vertido de salmuera puede crear zonas de alta salinidad cerca del fondo si no se diluye bien, por eso California obliga a medidas concretas, como limitar la velocidad de paso en tomas superficiales y priorizar la mezcla de salmuera con aguas residuales.
Tecnología y reglas nuevas
En California, el marco regulatorio está empujando hacia captaciones menos agresivas y vertidos más controlados. El Ocean Plan recoge como tecnología preferida mezclar la salmuera con aguas residuales que ya iban a descargarse al océano, y deja los difusores multipuerto como siguiente opción cuando esa mezcla no es posible.
También aparecen proyectos que intentan resolver el problema de la energía desde el diseño. En Fort Bragg, la Comisión Costera de California ha tramitado un piloto de una boya desalinizadora que usaría energía de las olas, sin electricidad desde tierra, y que podría entregar hasta 13.200 galones diarios (unos 50.000 litros) durante un año de pruebas.
Y hay apuestas aún más ambiciosas. OceanWell plantea llevar la ósmosis inversa a unos 400 metros de profundidad para aprovechar la presión natural del océano y recortar el consumo energético, con una reducción que la propia compañía sitúa en torno al 40% frente a plantas convencionales.
Qué significa en la práctica
Para una ciudad, la desalinización puede ser una red de seguridad cuando el calor aprieta y los aportes tradicionales fallan. Pero también puede encarecer la factura del agua y obligar a planificar quién paga la infraestructura y cómo se controla el impacto en la costa.
Para la agricultura, la promesa es estabilidad, algo que no es poca cosa cuando la sequía se alarga. Aun así, el agua desalada suele competir con otras opciones, como el reciclaje de aguas urbanas y la eficiencia en riego, que en muchos casos ofrecen más litros ahorrados por cada euro invertido.
En el fondo, el mensaje de muchos expertos es que la desalinización suma, pero no sustituye al resto. Si la energía que la alimenta es renovable y la salmuera se gestiona con normas claras, puede ayudar a sostener ciudades y cultivos en un clima más extremo. Y ahí está el reto.
El comunicado oficial se ha publicado en la EPA.
