La escena parece sacada de un vídeo de denuncia. Alguien sujeta un frailecillo pequeño, se acerca al borde y lo suelta al vacío, pero no es maltrato. Es un rescate que se repite cada final de verano en las islas Vestman (Vestmannaeyjar), al sur de Islandia.
El motivo es incómodo porque nos señala directamente. La iluminación artificial de pueblos y puertos desorienta a los pollos en su primer vuelo nocturno y la comunidad los recoge para devolverlos al mar. ¿Cuánta luz necesitamos realmente en la costa cuando la noche es parte del ecosistema?
Un rescate que parece lo contrario
Los pufflings salen del nido de noche y deberían ir directos al océano. Cuando acaban en el pueblo, quedarse en el suelo es un problema serio. Allí se exponen a golpes, atropellos y depredadores.
Por eso el “lanzamiento” existe. La guía local explica que se suelen sujetar con las dos manos, dejando las alas libres, y se les ayuda con un impulso hacia arriba para que ganen altura y encaren el mar. También se describe otra opción más tranquila, sentarse y dejarlos en la hierba para que despeguen cuando estén listos.
Duele verlos caer unos metros, pero la alternativa es peor. Como resume la investigadora Taylor Brown, cuando quedan varados “pueden morir por un coche, un zorro o un gato”. Y eso no es teoría.
Cuando la luz de la ciudad les cambia el rumbo
Durante miles de años, la “brújula” fue sencilla. Salían del nido y seguían el brillo del horizonte marino. El problema llega cuando el pueblo compite con el océano en intensidad, sobre todo cerca de colonias.
La contaminación lumínica no es solo un tema de cielos estrellados. En ecología se habla de luz artificial nocturna, y altera comportamientos básicos de muchos animales. En los frailecillos jóvenes el efecto se parece al de una polilla y una farola, se acercan a lo que brilla más aunque no sea el camino.
A partir de ahí, el aterrizaje es una lotería. Un pavimento duro, un jardín con gatos o un puerto con tráfico no están hechos para un ave que aún aprende a volar. Y mientras tanto, esa luz extra también es energía que se paga.
La Puffling Patrol y la ciencia ciudadana
La respuesta local mezcla tradición y método. En las noches de finales de agosto y principios de septiembre, niños y adultos recorren el pueblo con cajas de cartón. Recogen a los pufflings desorientados y los mantienen a salvo hasta el día siguiente.
Desde 2003 existe un patrullaje organizado para registrar lo que ocurre. Según la información de LUNDI, los pollos encontrados se llevan a Sæheimar para pesarlos, medirles las alas y marcarlos. Aproximadamente una cuarta parte ha sido anillada, algo que ha permitido saber que los frailecillos pueden vivir más de 40 años.
La escala impresiona cuando hay cifras. El SEA LIFE Trust Beluga Whale Sanctuary explica que en 2025 se rescataron y liberaron más de 7.000 pufflings en toda la isla. Su centro aceptó 276 ejemplares heridos, manchados de aceite o con bajo peso, dentro de una temporada que fue del 29 de julio al 29 de septiembre.
Lo que dice la ciencia sobre la atracción a la luz
Durante años se habló de intuición y anécdotas. Ahora hay experimentos que lo confirman. Un estudio publicado en Animal Behaviour probó la hipótesis en Terranova (Canadá), donde también se registran varamientos cerca de colonias.
En una de las pruebas, el equipo iluminó playas próximas a una colonia. El resultado fue muy claro. 136 pollos aparecieron cuando la playa estaba iluminada, frente a solo 2 en condiciones oscuras, según detalla la Universidad de Trent.
En un experimento de elección, los pollos prefirieron luz frente a oscuridad. Y no mostraron una preferencia consistente por un tipo de bombilla entre varias (sodio de alta presión y distintos LED). En la práctica, esto apunta a que el brillo total importa más que el color de la luz.
La presión no viene solo de las farolas
El rescate evita muertes inmediatas, pero el contexto es más duro. Además, el frailecillo atlántico figura como Vulnerable en la Lista Roja de la UICN.
En Islandia, un resumen presentado por el biólogo Erpur Snær Hansen estima una reducción del 45% entre 2003 y 2020 y una caída media del 2,5% anual entre 2010 y 2020. También señala que las islas Vestman concentran alrededor del 40% de la población islandesa.
El océano también aprieta. Un trabajo en Global Change Biology, con datos de 128 años, relacionó la producción de pollos con la temperatura superficial del mar y situó un valor óptimo cerca de 7 °C. Según los modelos, desviarse 1 °C se asoció a una reducción del 55% en el éxito reproductor, probablemente por el impacto en sus presas como ellanzón, así que el calentamiento del mar es una batalla larga mientras la contaminación lumínica es una palanca inmediata.
Qué se puede cambiar para que no haya que “lanzarlos”
La primera idea suena simple, pero es la más sólida. Reducir la luz en la costa durante las semanas de vuelo de los pollos, sobre todo cerca de colonias, es la medida más respaldada por la evidencia. Eso incluye apagar lo que no sea imprescindible, bajar intensidad y evitar focos que apunten al cielo o al mar.
La segunda es diseñar mejor. Pantallas, luminarias orientadas hacia abajo y sensores de presencia ayudan a mantener visibilidad sin convertir la noche en un estadio. También se nota en la factura, porque menos luz desperdiciada es menos energía consumida y menos CO2 asociado allí donde la electricidad aún depende de combustibles fósiles.
El rescate desde los acantilados seguirá emocionando a quien lo vea por primera vez. Pero no debería ser la normalidad. Si la costa recupera parte de su oscuridad, los pufflings no tendrían que pasar por el asfalto antes de tocar el mar.
El estudio sobre la atracción de los frailecillos jóvenes a la luz artificial se ha publicado en en ScienceDirect.
