Durante décadas, ver una ballena gris dentro de la bahía de San Francisco era algo casi anecdótico. El animal pasaba cerca de la costa en su larga migración, pero rara vez se metía en una de las vías marítimas más transitadas de Estados Unidos.
Ahora la historia es otra, y no precisamente bonita. Un estudio publicado el 13 de abril de 2026 en Frontiers in Marine Science calcula que, entre 2018 y 2025, al menos el 18,2% de las ballenas grises identificadas dentro de la bahía terminó muriendo, en buena parte por lesiones compatibles con colisiones con embarcaciones.
Cuando una migración de 20.000 kilómetros cambia de guion
La ballena gris del Pacífico nororiental es un animal costero que recorre distancias enormes. En términos sencillos, viaja desde las lagunas cálidas de Baja California (México), donde cría, hasta el Ártico, donde se alimenta en verano, en un ida y vuelta de 15.000 a 20.000 kilómetros.
Lo llamativo es que la bahía de San Francisco no era una “parada habitual”. En 2025, por ejemplo, los investigadores contabilizaron 36 ballenas entrando en la bahía, a veces más de diez a la vez, un aumento que ha encendido todas las alarmas.
Las cifras del estudio no dejan mucho margen
El equipo reunió fotos de avistamientos y varamientos para construir un catálogo de 114 ballenas distintas que usaron la bahía desde 2018. De ellas, solo ocho pudieron relacionarse con subgrupos conocidos por alimentarse más al sur, lo que sugiere que no es solo una pequeña “pandilla” repitiendo ruta.
Después viene el dato que hiela. Al comparar imágenes de animales vivos con 70 cadáveres examinados, los autores lograron emparejar 21 individuos con sus cuerpos y calcularon una mortalidad mínima del 18,2% dentro del catálogo de la bahía. Además, solo cuatro ballenas fueron vistas en años distintos, algo que el propio estudio vincula (al menos en parte) con esa mortalidad tan alta.
El Golden Gate como cuello de botella
Para entrar y salir, las ballenas tienen que pasar sí o sí por el Estrecho del Golden Gate. Es un auténtico embudo donde coinciden ferris rápidos, remolcadores, barcos de pasajeros y grandes buques que entran y salen del puerto, muchas veces con niebla y mar movida.
La autora principal, Josephine Slaathaug, lo explica sin rodeos. “Tienen un perfil bajo en el agua y esto las hace difíciles de ver con niebla, algo común en la bahía de San Francisco”, además de que “el Estrecho del Golden Gate sirve como cuello de botella por el que todo el tráfico y las ballenas deben entrar y salir”.
Qué revela la causa de muerte cuando se puede determinar
En este tipo de investigaciones hay un problema constante, no todos los cuerpos aparecen y no todos están en condiciones de ser analizados. Aun así, el estudio encontró señales muy claras, en 30 de los 70 cadáveres había traumatismos contundentes o cortantes compatibles con choques con embarcaciones.
Cuando se pudo hacer necropsia interna, 27 de 45 animales mostraron evidencias de lesiones previas compatibles con un golpe de barco. Y, en los 11 casos en los que se asignó una causa de muerte probable en ballenas emparejadas, nueve apuntaron a colisión y dos a malnutrición.
No solo choques, también hambre y un declive que ya preocupa
Las colisiones no son la única presión sobre la especie, y el contexto importa. NOAA Fisheries informó en 2025 de que la población del Pacífico nororiental seguía en descenso tras el episodio de mortalidad inusual (UME) de 2019 a 2023, con una estimación de unas 13.000 ballenas y un rango probable entre 11.700 y 14.500.
Además, ese mismo año se contaron solo unos 85 ballenatos migrando por California central, el registro más bajo desde que hay datos comparables. Con menos comida en el Ártico, llegan con menos reservas y todo se complica, desde la reproducción hasta la capacidad de reaccionar a tiempo ante un barco.
Medidas que ya se están moviendo en el agua
La buena noticia es que se están moviendo piezas, aunque sea a contrarreloj. The Marine Mammal Center y el San Francisco Harbor Safety Committee han impulsado Whale Smart, un programa de formación para operadores de embarcaciones comerciales (incluidos ferris de alta velocidad) para reconocer ballenas, interpretar su comportamiento y evitar encuentros peligrosos.
“Cada acción que tomamos en la bahía de San Francisco importa”, dijo Kathi George, directora de Biología de Conservación de Cetáceos del centro. La nota de prensa también menciona avisos por radio ante avistamientos, cambios temporales de carril en zonas concretas y la importancia de compartir observaciones en tiempo real, incluso con herramientas como WhaleAlert.
De lo voluntario a lo obligatorio
El estudio habla de “gestión adaptativa” y sugiere herramientas como zonas dinámicas de velocidad reducida, observadores a bordo o ajustes de rutas de ferris. Son medidas muy de sentido común, pero requieren coordinación, y eso en una “autopista marítima” no siempre es fácil.
En la costa de California ya existen peticiones voluntarias para bajar la velocidad a 10 nudos (unos 18,5 km/h) en áreas concretas. La comunicación oficial de estas medidas recuerda que ir más despacio da más tiempo a las ballenas para evitar un impacto, reduce la gravedad del golpe, baja el ruido submarino y también recorta emisiones atmosféricas.
El problema es que, cuando la reducción es voluntaria, la adhesión puede quedarse corta. Un análisis sobre estas solicitudes en el sur de California encontró cooperación por debajo del 50% entre 2010 y 2019 y concluyó que, para lograr una reducción suficiente de muertes por choques, harían falta niveles de cumplimiento mucho más altos (en algunos escenarios, del 80% al 95%).
Un aviso para otras costas
Aquí hay una idea incómoda pero muy útil. El clima empuja a la fauna a moverse, pero nuestras rutas de transporte no cambian al mismo ritmo, y la colisión se vuelve literal.
Por eso, organizaciones como Center for Biological Diversity y Friends of the Earth han llevado el debate a los tribunales, pidiendo que se revise cómo se diseñan y evalúan rutas marítimas y su impacto sobre ballenas y tortugas. La discusión ya no es solo científica, también es de gestión y de prioridades.
El estudio ha sido publicado en Frontiers in Marine Science.
